Monday, March 28, 2011

Los peligros del subdesarrollo, el caso de Costa de Marfil

Sin lugar a dudas en el campo de desarrollo y seguridad internacional, uno de los trabajos que más he llegado a admirar ha sido el realizado por el economista y profesor de Oxford Paul Collier. Collier posee una larga trayectoria analizando la situación y las amenazas que acosan a aquellos países que por diversos motivos no han logrado insertarse efectivamente en la comunidad internacional y encaminarse hacia un nivel de desarrollo medio. Estos países son lo que Collier ha denominado como el “billón de abajo”, ya que son los países más pobres del mundo y su población conjunta se aproxima al billón de personas.

Una de las tesis principales que propone Collier a través de su trabajo nos dice que estos países, debido en gran parte a su nivel de desarrollo político, social y económico; poseen un muy alto riesgo de caer en una situación de crisis, ya sea esta política, económica, ambiental o militar. Lo que quiere decir que el nivel de riesgo o volatilidad de estas sociedades es extremadamente alto.

Según Collier, si bien es cierto que existen importantes factores que delimitan la estabilidad y el futuro de un país, como es el caso de haber tenido un conflicto armado en el pasado, poseer altos niveles de corrupción y poca transparencia, o el hecho de tener grandes yacimientos de recursos valiosos. Existe sin embargo, un factor que Collier considera como vital para la futura estabilidad de un país y este es su nivel de desarrollo económico.

Uno de los argumentos más elocuentes que propone Collier es que no importa tanto si un país logra mantenerse libre de conflictos armados por varias décadas, o inclusive si logra mantener una relativa estabilidad política y social por un largo período de tiempo; si el nivel de crecimiento económico del país no es lo suficientemente prolongado o estable para lograr llevarlo a un nivel de ingreso medio, efectivamente sacándolo así del billón abajo (aquellos países con un ingreso per cápita aproximado menor a $2700), todos los demás avances logrados pueden no ser suficientes para evitar que este país caiga en una nueva situación de conflicto. Quizá el ejemplo por excelencia que comprueba esta peligrosa tesis es el de uno de los países más emblemáticos y destacados del África Occidental, Costa de Marfil.

Desde su independencia de Francia en 1960, hasta el inicio de la década de los 80, Costa de Marfil fue considerado como uno de los países más exitosos del África Occidental. De la mano de su autócrata líder Félix Houphouët-Boigny y gracias al desarrollo de la industria del cacao y del café, Costa de Marfil logró convertirse en el país líder del África Francófona y uno de los principales polos de atracción de trabajadores inmigrantes de la región, la gran mayoría de estos provenientes de sus pobres vecinos del norte como Mali o Burkina Faso, y los cuales se dedicaron principalmente al cultivo de tierras y a la recolección del cacao y café.

El auge en el desarrollo de esta actividad, así como los altos precios internacionales del cacao propulsaron por mucho tiempo al milagro marfileño. Costa de Marfil llegó convertirse inclusive en el cuarto productor de café y el primer productor de cacao a nivel mundial, lo que colocó al país por un tiempo en el puesto de la tercera potencial económica del África Subsahariana detrás de Sudáfrica y Nigeria. Sin embargo, el precio del cacao, principal actividad económica del país, era altamente controlado en Costa de Marfil, lo que reflejaba poco el precio original en el mercado exterior.

Por tanto, este período de desarrollo y auge económico vio su súbito fin con la caída de los precios del cacao al inicio de la década de los 80. La poca diversificación de la economía marfileña causó que la situación en el país se deteriorara radicalmente; Houphouët-Boigny nunca se preocupó por el desarrollar una diversificación económica, lo que hizo a Costa de Marfil extremadamente dependiente del preció internacional del cacao. La severidad de la crisis trató de ser atenuada mediante la solicitud de préstamos, lo sin embargo sólo sirvió para hundir al país en una mayor crisis económica.

A su muerte en 1993 y luego de 33 años en el poder, Houpouët-Boigny deja por tanto, un país en un estado alarmantemente frágil, con una economía en ruinas, y sin ninguna experiencia democrática.

A las pocas semanas, llega a la presidencia Henri Konan Bédié, en aquel entonces el Presidente de la Asamblea Nacional. Sin embargo, a medida de que se aproximaban las primeras elecciones presidenciales libres del país en 1995 quedó claro de que Bédié debía primero lidiar con la gran amenaza de no lograr ganar la contienda electoral, ya que se tendría que enfrentar contra el antiguo Primer Ministro y uno de los políticos más populares del país, Alassane Ouattara.

Esta contienda electoral llevó al surgimiento de un fenómeno extremadamente alarmante y peligroso para la historia de Costa de Marfil, el desarrollo de discursos políticos fundamentados en principios étnicos y nacionalistas. Costa de Marfil es un país compuesto de numerosos grupos étnicos entre los que destacan los Baoulé, Krou y Bété principalmente ubicados en el sur y centro del país, y los Sénoufo, Malinke y Dioula en el norte. Así mismo es un país que poseía altos índices de inmigración los cuales indicaban que casi un tercio de la población del país provenía del extranjero. Esta gran variedad étnica, junto con la difícil situación económica presente en el país, y los pocos niveles de desarrollo democrático establecieron las bases para el surgimiento de un conflicto étnico en el país.

Henri Konan Bédié y posteriormente el futuro presidente de Costa de Marfil Laurent Gbagbo, ambos oriundos del sur del país, no dudaron en explotar esta situación para su beneficio como forma de no sólo ganar apoyo de ciertos grupos étnicos dentro del país, sino también para desacreditar y así neutralizar a posibles candidatos opositores.

Vemos entonces el surgimiento por primera vez del concepto conocido como “ivoirité”, es decir, la idea de que existe una clase de características que conforman al verdadero ciudadano de Costa de Marfil. Lo preocupante de este concepto es qué da origen al debate de quién es un verdadero ciudadano de Costa de Marfil, el cual debía asemejarse cada vez más a aquellas personas provenientes de grupos étnicos ubicados al sur del país; mientras los falsos ciudadanos catalogados como inmigrante eran aquellos originarios de la parte norte del país, mayoritariamente musulmana y altamente poblada de inmigrantes.

Ahora, si bien es cierto que el discurso político-étnico ha estado presente muchas de las sociedades modernas alrededor del mundo, un buen ejemplo es la lucha entre las comunidades Valona y Flamenca en Bélgica. Este debate es visto en ocasiones inclusive como algo que enriquece a menudo el debate político. En el caso de países tan volátiles e inestables como Costa de Marfil, el desarrollo de este fenómeno puede tener sin embargo, consecuencias extremadamente serias y letales.

Bédié, quien es oriundo del grupo étnico Baoulé, se vale entonces de su poder para alterar la constitución y logra evitar que Ouattara se presente como candidato presidencial debido a cuestionamientos en su descendencia étnica. Ouattara, oriundo del norte del país e hijo de un padre con descendencia burkinesa es entonces presentado como un extranjero no lo suficientemente marfileño para ser presidente. Esto a pesar de ya haber ocupado el puesto de Primer Ministro anteriormente.

Con el principal candidato opositor fuera de la contienda, Bédié es elegido presidente en unas elecciones ampliamente consideradas como injustas. Este fenómeno va a marca el inicio en el país de un período de gran inestabilidad política y militar, además de sentar las bases para la guerra civil que llegó a dividir el país en los próximos años.

Con el tiempo Bédié continúa valiéndose de la carta étnica para acentuar su poder mediante el despido en el sector público y en el ejército, de políticos y militares provenientes del norte del país. Sin embargo, la gran mayoría de las fuerzas militares provenía de grupos étnicos diferentes del de Bédié, por lo que cuando él decide reducir el número de efectivos militares, varios generales se revelan y realizan un golpe de Estado, el cual lleva al poder al general Robert Guéï.

Guéï era el antiguo jefe de personal de Bédié, así como jefe de las fuerzas armadas del país, y luego de tomar el poder en 1999 promete llamar a elecciones libres dentro de 6 meses. Fiel a su palabra Guéï así lo hace, sin embargo, ya habiéndole encontrado el gusto a gobernar decide también presentar su candidatura para el puesto de presidente.

Lamentablemente para Guéï, las elecciones se convirtieron rápidamente en un problema, ya que pese a que sus talentos naturales para el puesto eran claramente evidentes para sí mismo, el país se encontraba altamente polarizado entre aquellos que quería votar por Alassane Ouattara y aquellos que quería a ver de regreso al poder a Henri Konan Bédié.

Por tanto, el general Guéï decide excluir a estos dos candidatos de la contienda electoral y en cambio escoge al poco popular Laurent Gbagbo como su contrincante electoral. Pese a esto, Guéï comete el error clásico de todo dictador, sobreestima el apoyo y el aprecio que el pueble siente por él y pronto se da cuenta de que no era tan amado como sus asesores tan entusiastamente le hacían saber.

Pese a un nivel de abstencionismo del 63%, de aquellas personas que deciden votar, la mayoría lo hace por Gbagbo, quien por tanto llega al poder gracias a una elección ilegítima y un golpe de Estado. Sin embargo, el futuro de Gbagbo en el poder dependía de no realizar elecciones presidenciales en el futuro, ya que de hacerlo muy probablemente sería derrotado por Bédié o Ouattara, ambos políticos mucho más populares que Gbagbo.

En el 2002, general Guéï decide liderar un segundo golpe de Estado, el cual no sólo falla en sacar a Gbagbo del poder, sino que también le termina costando la vida. Sin embargo, las fuerzas rebeldes logran tomar con éxito el norte del país donde se reagrupan y se constituyen como la nueva fuerza militar de oposición llamada “les Forces Nouvelles” o las Fuerzas Nuevas.

Debido a que el ejército marfileño no ha probado ser muy leal o confiable en los últimos años, Gbagbo decide por su parte armar a su propia milicia conocida como “les Jeunes Patriotas” o los Jóvenes Patriotas, y la cual estaba constituida por la mayoría de sus simpatizantes, principalmente cristianos y oriundos del sur del país.

A pesar de esto, la amenaza representada por las Forces Nouvelles era suficiente como para forzar a Gbagbo a jugar la carta étnica otra vez, en este caso en contra de la comunidad francesa. Costa de Marfil era en aquel entonces el hogar de la mayor comunidad de franceses en todo África, y Gbagbo se vale de eso para promover el ataque por parte de sus simpatizantes a los ciudadanos y los comercios franceses conciente de que esa situación de amenaza forzará a Francia a actuar para proteger a sus ciudadanos.

Este acto causó que a las pocas semanas el gobierno francés decidiera poner en práctica la operación Licorne, la cual estableció el envío de un contingente de 6000 soldados franceses altamente armados a Costa de Marfil con el objetivo de establecer un cordón sanitario a través de todo el país efectivamente dividiéndolo entre norte y sur, y así virtualmente congelando los enfrentamientos entre ambos grupos.

La intervención francesa disminuyo rápidamente el número de enfrentamientos, así como la intensidad de la lucha, pero también salvó posiblemente al régimen de Gbagbo y llevo a una eventual situación de estancamiento entre ambos bandos.

Gbagbo por un lado, estaba conciente del hecho de que cualquier tipo de elección libre lo forzaría fuera del poder, mientras que por el otro comprendía también la importancia que tenía el llevar acabo un proceso electoral como única manera de mantener su legitimidad internacional y de asegurar el reenvío de fondos de ayuda humanitaria y de desarrollo.

Sin embargo, debido a la tensa situación vivida en el país, la cual no permitía la realización de elecciones libres, Gbagbo lograr alargar su período electoral varias veces, lo que le permite eventualmente llegar a un acuerdo de paz y a la reunificación del país en el 2007. Pese a esto, Gbagbo logra mantenerse el poder hasta las contestadas elecciones presidenciales de noviembre del 2010, cuando se ve obligado a enfrentarse a una coalición liderada por su antiguo rival, Alassane Ouattara. A quién la comunidad internacional da el gane luego de un estrecho resultado en el proceso electoral, Gbagbo se rehúsa sin embargo, a otorgar el poder y declara las elecciones fraudulentas.

Actualmente a pesar de la intervención de Naciones Unidas, la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (ECOWAS), de la Unión Africana, y la aplicación de sanciones económicas y un embargo de armamentos; la situación en Costa de Marfil se encuentra actualmente casi al borde de una segunda guerra civil.

Desde febrero de este año más de un millón de residentes de la capital marfileña han sido desplazados producto de la violencia y las amenazas, los barrios en la capital se encuentra fuertemente delimitados de acuerdo al Presidente que apoyen y la tensión en la ciudad es constante producto de enfrentamientos entre milicias leales a diferentes bandos. En el campo, miles de ciudadanos han debido desplazarse de sus hogares, muchos de los cuales inclusive han decidido huir a países vecinos como Liberia, lo que genera el riesgo de desestabilizar a toda la región.

La situación en Costa de Marfil parece hacer fiel honor a la tesis propuesta por Collier, ya que nos proporciona con un trágico ejemplo de cómo un país que fue por mucho tiempo considerado como una de las principales economías en desarrollo en África, se convirtió en la actualidad en el país más volátil del África Occidental.

Si bien es cierto que el futuro inmediato de este país se mantiene todavía incierto, lo que sí parece ser seguro es que sea cual sea el resultado, los civiles serán como de costumbre quienes cargarán con las consecuencias de las acciones tomadas por cualquier bando.

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